Visiones Compartidas. Pecados Capitales. Envidia

 






Enquistada en la entraña, con cautela de ofidio,
el rigor de la rabia, el rencor y los celos,

se enrosca a su objetivo y arrastra la inocencia
hasta el cubil oscuro donde pudre su cuerpo
y su codicia.







Escultura de José María Olid
Envidia. Madera de Olivo.
30 x 20 x 20 cm.

Texto de Laura Gómez Recas


Exposición abierta hasta el 9 de octubre
Pintura de María José Díaz García
Escultura de José Mª Olid Tordillo
            Poesía: Remedios Álvarez, Mª Jesús Mingot y Laura Gómez Recas

Visiones Compartidas. Pecados Capitales. Gula






Incómoda se mece sobre la infeliz curva
de una ruina decrépita. Se arrastra con desidia,

pese a la humillación, desdeña la repulsa
e incapaz de cesar, devora cuanto puede
y se suicida.





Escultura de José María Olid
Gula. Madera de Olivo.
30 x 20 x 20 cm.

Texto de Laura Gómez Recas



Exposición abierta hasta el 9 de octubre
Pintura de María José Díaz García
Escultura de José Mª Olid Tordillo
            Poesía: Remedios Álvarez, Mª Jesús Mingot y Laura Gómez Recas

Visiones Compartidas. Pecados Capitales. Avaricia





Oscura y tenebrosa como astilla de la noche
que horada el territorio donde la luz germina.

En la sombra, sin alma, se angustia en la abundancia,
codicia sus despojos y cava hoyas de pena
y de negrura.



Escultura de José María Olid
Avaricia. Madera de Olivo.
30 x 20 x 20 cm.

Texto de Laura Gómez Recas



Exposición abierta hasta el 9 de octubre
Pintura de María José Díaz García
Escultura de José Mª Olid Tordillo
            Poesía: Remedios Álvarez, Mª Jesús Mingot y Laura Gómez Recas

Exposición: Escultura, pintura y poesía


EXPOSICIÓN DE ESCULTURA Y PINTURA

Visiones Compartidas

José María Olid Tordillo

y

María José Díaz García

*

POESÍA

Remedios Álvarez, María Jesús Mingot y Laura Gómez Recas

Inauguración: viernes 9 de septiembre de 2022

Casa Fuerte Bezmiliana, en El Rincón de la Victoria
Málaga

Epílogo



De esta tierra me llevo el color amarillo de los tilos,

la sinceridad clavada en el suelo del minúsculo jazmín

y un polvo seco y taheño entre los muslos,

adquirido con lentitud y decepciones.


Quizás la lluvia llegue algún día

y riegue las trincheras

abonadas por sangre asesinada,

puede que aún se vierta al mar

la tragedia de los ríos

cuando deje la sequía de azotarnos.


Puede que después de tanta sed intempestiva,

las piedras de la historia nos alumbren

y escribamos un poema a la muerte de Caín.

Laura Gómez Recas
de Zahoríes
Fotografía: "Sweetpeapath", de Tim Lee 


 

Remembranza de Zahoríes, por Alberto Morate

Alberto Morate, profesor, poeta y dramaturgo, leyó hace ya un año "Zahoríes" y ésta fue la réplica a su lectura que, hoy, yo adorno con la fotografía del libro de Shiro Dani (@shiro.dani)

Hoy, reproduzco sus versos sobre mis versos en esta pieza que es un regalo:


Busco el agua
entre el borde de la muerte y la poesía,
agua que es sangre, voz,
nombre, memoria,...
agua que grita al mar
e implora a las nubes,
pero que está debajo de la tierra.

Imagino
un tiempo de desiertos,
un olvido que se rompe como cáscara de huevo,
manos de zahoríes
con la piel sedienta,
con el dolor en las espaldas,
con los caminos convertidos en barro.
Pero, al menos, eso significa que hubo agua,
que hubo vida,
que aún hay espejos donde refugiarnos.

Nombrar el nombre de las cosas
en busca del agua de la vida,
y sobrevivir,
mientras lloramos,
mientras escribimos,
respirando en cada palabra
y soñando en cada silencio,
liberándonos del tedio de la rutina,
habitándonos en un desierto de sábanas desiertas.

Se deseca la luz
en la ausencia de los besos,
sequía y cenizas,
en el destierro de las sombras,
pero mantener la vista fija en el horizonte
hasta apagar la sed de las caricias.

Solo los zahoríes
invocan lo imposible,
apelan a la libertad de lo ingrávido,
soportan la desolación de la existencia.

Que la poeta nos encuentre
al final de la lectura de sus versos
como agua que ha de saciar
sus sentimientos.


Alberto Morate
9/06/21                                                                     



Lectura en la Feria del Libro de Madrid 2022

 



Buscamos agua, de nuevo, con "Zahoríes"

20,35 h
Jueves, 2 de junio

Caseta Madroño (a la altura de la Biblioteca Eugenio Trías)
Feria del Libro de Madrid 2022

El libro se puede adquirir en la CASETA 296 de Huerga y Fierro Editores




Bajo la tierra triste y dolorida,

hay una Arcadia de múltiples raíces

con letras que aún aman la palabra,

cauces para el jazmín y para el verso

bajo el vacío territorio de la amnesia.



Laura Gómez Recas

Reseña de La complejidad de Electra, de Llüisa Lladó

 


En Savari, reseño el poemario "La complejidad de Electra", de Llüisa Lladó, editado por Torremozas en 2020.

LA COMPLEJIDAD DE ELECTRA
Lluïsa Lladó

Ediciones Torremozas, 2020

Cubierta: Jesús Herrero


Enlace al texto, aquí



Lluïsa Lladó nació en Palma de Mallorca en 1971. Es Técnico Superior de Diseño y Artes Plásticas y de Revestimientos y Pavimentos Cerámicos.

Finalista en el concurso de microrrelatos románticos Cachitos de Amor II (Acen, 2013); en el microcuento Fantàstics 2014 de Castellón y en el V Premio Internacional de Poesía en Segovia (2014), ha participado en la Antología Bilingüe de «San Diego Poetry Annual» 2016-2017, presente en las bibliotecas y las universidades del sur de California y en la Antología internacional «Poeta en Nueva York. Poetas de tierra y luna» (Karima Editora) en 2018, entre otras.

Ha publicado los poemarios: Azul-lejos (Parnass, 2013); El bosque turquesa (Torremozas, 2014); La marquesa de seda (Unaria Ediciones, 2015), El arca de Wislawa (Torremozas, 2017) y La complejidad de Electra (Torremozas, 2020).


Reseña sobre "Zahoríes" por Daría Rolland Pérez


Reseña al poemario ZAHORÍES
de Laura Gómez Recas

(Huerga y Fierro editores, S.L.U. 2020 Madrid, 2020, 105 p.)


Cuando hace unos días abrí la carta de la poeta madrileña Laura Gómez Recas, lo primero que me saltó a la vista fue la bella portada, el buen papel y la pulcra edición del libro que amablemente me enviaba. Instantes después, leí el algo extraño título del poemario: “Zahoríes”, palabra de nuestro viejo castellano influenciado por el árabe. Palabra atezada pues, que ya me hizo presentir la profundidad y la limpidez del manantial.
Y en efecto, una de las características de este poemario es no sólo su caudal poético, sino su manera casi arrolladora de fluir, por paradójico que esto sea, puesto que “Zahoríes” cuenta la sequía y la aridez que reinaron durante cuatro largos años debido a diversas circunstancias existenciales y sociales en la vida de la autora.
Se apagaron, una a una, las estrellas (p. 21)
Comenzábamos a saber de la lluvia,
cuando el argumento del cielo nos destruyó (p. 23)
A este período de aridez vivido con una indecible angustia y opresión, podríamos casi llamarlo “una estación en el infierno” ya que también se trata aquí, incluso si las circunstancias de Laura nada tienen que ver con las de Rimbaud, de una prodigiosa "autobiografía sicológica" (Verlaine) escrita con textos diamantinos que hieren con su brillo la – a veces – grotesca y sórdida realidad.
Una persona puede morir, tanto real como simbólicamente, por el hecho mismo de estar dentro de un sistema inadecuado. Gómez Recas sabe denunciar ese sistema que la asfixia y el libro es también, en grado sumo, un requisitorio contra nuestra dura sociedad y nuestra época aún injusta, violenta y obscurantista. “Zahoríes” es, como toda la buena literatura, un libro crítico. La poeta notifica constantemente su desencanto, su hastío y también una profunda tristeza, un sentimiento de vacuidad, un hartazgo hacia lo que la rodea. Sin embargo, a pesar de la desilusión y la desesperación proclamadas, los sentimientos no se exhiben, no se manifiestan de una manera narcisista o egoísta; sencillamente constatan lo que les ha tocado vivir, y levantan acta.
Ahora sé que el mundo
se abre fálico y absurdo. (p. 43)
Y , de pronto, fuimos sorprendidos por la vida
árida y seca como fuente angosta y olvidada (p. 52)
Camino entre la mediocridad engreída
y la oscura voluntad del esclavo” (p. 26)
Televisión, trabajo, cuentas rancias
y un camino roído de silencio. (p. 50)
Todo lo que se pone de relieve es profundo y sincero, sin gesticulación ni patetismo. Los materiales poéticos son depurados, limpiados de la escoria de la confidencia indiscreta por un excepcional esmero. Aunque hay momentos en que la voz poética se hace queda, íntima o absolutamente conmovedora como en este bello endecasílabo:
Tan dañada, quebrada y suplicante (p. 47)
que recuerda con su estremecida enumeración, la que hace Eriphile, un personaje femenino de la “Iphigénie” de Racine:
C’est peu d’être étrangère, inconnue et captive (Acte II, scène l)
En ambos versos aparece claramente el dolor femenino, ese dolor al que bien podríamos llamar el dolor por excelencia, porque es ancestral y universal, ese dolor que tan a menudo ha sido evidenciado por los grandes artistas compasivos. ¿Qué otra cosa es la ópera, por ejemplo, sino la puesta en escena de ese dolor? No es anodino que Laura Gómez Recas evoque con suma fuerza, comprensión y ternura, a las mujeres de su familia y a todas aquellas que las precedieron:
podría repetir mil veces el nombre de mi madre
y la boca cedería el paso al aire incandescente
del recuerdo (p. 28)
La sombra honesta de los años
acumulados por mi madre
y por la madre de mi madre
y por la que fue de mi padre
y por todas las madres que me precedieron
y que riegan con su sangre
el filamento púrpura de mis ojos. (p. 45)
Esta honestidad femenina a la que alude la poeta es precisamente la que construye el poemario. En ella, y en el inmenso amor brindado por esas mujeres cuyo recuerdo y mandato ético son indelebles, se apoyará la que fue niña amada y feliz, para salir de su quebranto, erguirse, y – minuciosamente, metódicamente, con las humildes herramientas que encuentra a su paso – ordenar los materiales y buscar como buen zahorí la veta de agua, el abundante manantial que sólo es dado encontrar a los tenaces, a los ardientes, a los sedientos de espíritu, ese manantial que calmará su sed y la devolverá a la vida y a la ansiada creatividad:
Hoy he vuelto a embadurnar
las llanuras inmensas de lo blanco
Despertaron ayer las mariposas
al fondo de un inhóspito pasillo (p. 73)
Y con un esfuerzo que roza el heroísmo, poco a poco resucitará la creadora y resucitará la creación:
Acaricio la piel que fue del aire
con un terso camino de latidos. (p. 87)
Quiero emprender caminos y alegrarme (p. 89)
Anunciaré la luz y su osadía (p. 98)
Resurrección y victoria contra lo opaco y lo maligno que la rodea, victoria contra aquellos o aquello que hacen cernirse sobre nosotros las metálicas, aullantes y glaciales amenazas que llegan a hacernos desesperar del hombre y de la vida:
Pero sólo oigo la confusa voz de la mentira,
el soliloquio del lobo en la nieve del hambre (p. 58)
el inaudible palpitar del niño sirio,
la sonata de los justos en las vallas (p. 58)
nos quieren muertos
y con ese odio han vaciado los estanques (p. 85)
pero hay humedad en nuestros ojos
y el cilantro acicala nuestras manos (p. 85)
somos ayer, mañana somos,
territorio somos, manantiales,
de la raíz, abono de la espiga
para salvar la vida y la palabra. (p. 85)
La lucha del espíritu es denodada, la afirmación es rotunda, la determinación heroica. La poeta sabe que no está sola, y clama en nombre de los “Zahoríes” que la vida no basta porque la vida sin la libertad, sin lo amoroso y lo espiritual, merece muy poco la pena. Y ansía sobre todo “la palabra”:
Desde el principio, la palabra fue el nutriente
para el hambre ancestral de la sequía. (p. 42)
Anhela encontrar una identidad digna de sus hondos sentimientos
Debo encontrar mi nombre entre los nombres de todas
las cosas. (p. 86)
El yo busca asidero, explora lo imaginario y se yergue contra la despersonalización provocada por lo baldío y lo inane, por el contacto con “la desidia y el cieno”. La persona, la mujer, la inspirada, quiere reconocerse y ser reconocida, volver a la dicha de la inocencia y de la infancia, sin regresión, con lucidez, sabiendo de donde viene, cuales son los principios que la han forjado y lo que quiere ser, cual es el legado que hay que salvar y cual es el legado que quiere transmitir:
Y así, mi nombre
será al fin voz de sangre abastecida. (p. 101)
“Voz”, dice Laura, una y otra vez, y de eso se trata, de convertirse en una voz poética de indudable esencia femenina. Voz que – como hemos modestamente intentado demostrar – es una voz de primer orden. Una voz que gracias a su incesante búsqueda de zahorí, ha sabido transformar en Destino una experiencia existencial que hubiera podido ser Fatalidad. Esa y no otra es la misión del arte.
Daría Rolland Pérez
24 de enero de 2022

Daría Rolland Pérez nace en el Valle del Tiétar (Ávila, 1945). Pasa su infancia y adolescencia en Madrid. Acompaña a su esposo francés en sus diversas misiones culturales en el extranjero (Jartum, Singapur, El Cairo, Valencia) y vive largo tiempo en París.

Es licenciada en Letras Hispánicas por la Universidad de la Sorbona, profesora, poeta y traductora.

En colaboración con Jean-Claude Rolland, ha convertido al francés a grandes poetas y narradores españoles contemporáneos. También ha contribuido como traductora a una obra pedagógica destinada al aprendizaje del francés.


Fotografía: ©Shiro Dani


Reseña de La luna en un cuenco de té, de Raúl Morales Góngora


En Savari reseño el libro de haikus La luna en un cuenco de té, de Raúl Morales Góngora.


Editorial Juglar, 2021

Colección Ayla nº 37

Ilustraciones: Sandra Gobet
Fotografía de las guardas: Yuri Yuhara



Enlace al texto, aquí



Raúl Morales Góngora nació en San Luis de Potosí, México, estudió Ingeniería Metalúrgica, además de otros máster y diplomaturas. Tras jubilarse ingresó en la Universidad Iberoamericana de la ciudad de Guadalajara, Jalisco, y en La Escuela de Escritores (SOGEM). Desde el año 2007 reside entre México y 

España, país en el que está nacionalizado. 

Es autor de los libros: Memorias de una iguana (IPN, México, 1955), A la sombra de un mezquite (Lastura, 2015), Luisa, la española (Huerga y Fierro, 2016), La mansión de los ángeles (Huerga y Fierro, 2017) y El sendero de las mariposas (Font, 2017).

Reseña de "Poemas de agua", de José Antonio García-Blanco


En Savari reseño el libro Poemas de agua, de José Antonio García-Blanco, al mismo tiempo que dibujo una semblanza reivindicadora de su figura literaria.


Club Universitario de Valencia, 1957


Enlace al texto, aquí




García-Blanco con el profesor E. Tierno Galván
José Antonio García-Blanco con el profesor
Enrique Tierno Galván
José Antonio García-Blanco Peinador (1929-2007) nace en Santiago de Compostela y, todavía niño, a punto de estallar la Guerra Civil, se traslada a Madrid con su familia. Finalizada la guerra, su familia se establecen definitivamente en Valencia. Estudia Derecho, participa mientras tanto en tertulias políticas y artísticas, y una vez acabada la carrera, inicia lo que él llama «su andadura»: viaja por toda la península y conoce de primera
mano la situación en que se encuentran los pueblos y ciudades, los hombres de la España de la posguerra. Finalmente, se ve obligado a marcharse del país y a desempeñar durante años los más variados trabajos en Francia, Alemania e Inglaterra. Viaja por toda Europa, el norte de África y Oriente Próximo, lo que le obliga a pasar largas temporadas alejado de casa. Esta vida, casi trashumante, 
no es obstáculo para que escriba sin descanso. 

Posee 13 libros de poesía publicados, gran parte de ellos, póstumamente.




Voix Vives 2021

VOIX VIVES 2021
Festival de Poesía de Toledo

Del 3 al 5 de septiembre


VOCES DE HUERGA Y FIERRO A ESCENA EN VOIX VIVES

Sábado 4 de septiembre, 19 h.
Plaza del Ayuntamiento