
He dejado casi todas las claves sobre tus ojos,
en el silencio espeso que acaricia la serpiente
cuando repta sobre la piel del pensamiento.
Desnuda, he optado por acercar los cactus a mi cara
en conato de mimo suicida y en desuso por mi edad.
¡Qué llanto más amarillo me desangró sin pausa,
sin tener en cuenta el vendaval de mis pestañas
sobre los territorios inexplorados de la entrega!
Y, sin embargo, ahora, insisto en languidecer de veneno
y dejar cada misil de largo alcance
entre las manos deslumbradas que me ofreces.
Sólo siento un óxido de manzana hiriente
cuando tu palabra es untura en mis costillas,
cuando la luna rueda sobre el suelo
y a mi desnudez se amaga
el vértigo de todos los planetas.